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¿POR QUÉ ACUMULAMOS?

A lo largo de 30 años, por suerte o por desgracia, me he mudado más de 10 veces. Esto es, aproximadamente una vez cada tres años. Tres de las mudanzas fueron de un país a otro.

Cada vez que he tenido que empaquetar mis pertenencias para cambiar de vivienda, he tenido la oportunidad de ser consciente de la cantidad de cosas que se acumulan en casa a lo largo del tiempo. En cada cambio, he tirado, vendido y regalado cosas, y aún así la tendencia a acumular persiste. Tras conocer el método KonMari, esta tendencia se ha reducido en gran medida, aunque no ha desaparecido del todo.

Es inevitable que nos preguntemos: ¿Por qué tenemos tendencia a acumular objetos que ni usamos ni necesitamos?

La principal razón por la que acumulamos cosas es el miedo. 

  • Miedo a la carencia, a que en algún momento necesitemos algo y no lo encontremos disponible. Nuestra lógica y nuestras conexiones mentales más básicas nos hacen creer que tener más posesiones nos aportarán una mayor seguridad ante posibles periodos de carencia. Se trata de un miedo primitivo basado en la supervivencia.
  • Miedo a olvidar el pasado y a la incertidumbre del futuro. Los humanos tendemos a establecer conexiones emocionales con los objetos, porque nos recuerdan momentos, personas o sensaciones que hemos vivido. A veces esas conexiones emocionales con objetos tienen que ver con alguna ilusión o esperanza que tenemos y aún no se ha podido realizar. Por eso nos aferramos a objetos, por el miedo a dejar ir estas sensaciones y abrazar el momento presente.
  • Miedo a ofender o decepcionar a otros, a tirar esos regalos que hemos recibido a lo largo de los años por parte de nuestros seres queridos. Desecharlos podría generar un sentimiento de culpa, por mostrarnos desagradecidos. Como seres sociables que somos, construimos nuestra propia imagen a partir de las retroalimentaciones que recibimos de los demás. Por lo tanto, si creemos que el no aceptar lo que se nos regala podría tener una valoración negativa sobre nosotros, tiene sentido que elijamos el no ser del todo sinceros.
  • Miedo a perder nuestra identidad. Muy frecuentemente nos identificamos con los objetos que poseemos. Muchos de nuestras cosas siguen con nosotros debido a ese apego sentimental. Las percibimos como una extensión del yo, por lo que deshacernos de ellas significaría una pérdida de identidad y de desarraigo en el mundo.
  • Miedo a parecer débiles o pobres. El consumo y mostrar nuestras posesiones se convierte en una oportunidad para mostrar nuestra riqueza, nuestro poder. Esto evita que nos sintamos vulnerables ante otros, o amenazados por la presencia de alguien más poderoso.
  • Miedo a perder el control. Los cambios traen consigo una pérdida de control momentánea que nos genera angustia. Lo que ya conocemos y estamos acostumbrados a ver nos hace sentir confortables y seguros. En ocasiones adquirimos nuevas cosas, pero no nos deshacemos de las que ya teníamos por miedo al cambio, y en consecuencia acumulamos.

Lo cierto es que, al enfrentarnos a la decisión de si debemos conservar o desechar un determinado objeto, también nos estamos enfrentando a nuestros miedos más profundos, y sólo entonces podemos reconocerlos, aceptarlos y transformarlos.

El espacio vacío que queda tras superar los apegos emocionales y desechar aquello que ni necesitamos ni nos hace felices, es un lienzo en blanco donde nuevas y mejores vivencias encuentran lugar, y donde nuestra energía encuentra caminos para fluir en libertad.

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